La Iglesia fue dejada por Nuestro Señor Jesucristo para guiar a los hombres, para legislar moralmente sobre ellos, para orientarlos y asistirlos. No es asunto de la Iglesia adaptarse para agradar o satisfacer los deseos del hombre.
En la década de 1960, varios movimientos revolucionaron el mundo, incluidos los que pretendían liberar a la mujer, la revolución sexual, la permisividad, el aborto y la difusión de la píldora anticonceptiva. Como la Iglesia, por su carácter de conservación de la moral, tiene un peso considerable frente a los procesos revolucionarios, no tardaron en surgir críticas y cierto hostigamiento y presión para la aprobación de métodos anticonceptivos artificiales por parte de la Santa Sede.