En lo alto de la Cruz, Nuestro Señor Jesucristo no sufrió solo
en razón de los ultrajes morales y físicos que le fueron infligidos por sus
verdugos. También padeció en previsión de todos los pecados que se cometerían
hasta la consumación de los tiempos. Entre ellos, la Iglesia, sacudida y casi
sumergida, por la tormenta más feroz.
Ninguno de sus apóstoles, finalizada la Última Cena,
imaginaba que, al salir del Cenáculo, comenzaría el horroroso drama que el
mundo jamás haya visto: la Pasión del Hijo de Dios.
Llegados al Huerto de los Olivos, nos relata el Padre Berthe
en su libro “Jesucristo, su vida, su pasión y su triunfo” (1902): “La humanidad
de Cristo se encontró en presencia de la visión pavorosa del martirio que debía
sufrir. Vio pasar delante de sus ojos toda clase de instrumentos de suplicio,
cuerdas, azotes, clavos, espinas, cruz, verdugos profiriendo burlas y
blasfemias, un populacho delirante hartándole de injurias sin número. Todas las
abominaciones y todos los crímenes, desde el pecado de Adán hasta la última
maldad cometida por el último de los hombres, se presentaron ante sus ojos y lo
oprimieron como si de ellos hubiera sido culpable. Vio millones de pecadores
rescatados al precio de su sangre, que le perseguían con sus desprecios y odio
encarnizado por toda la duración de los siglos. Los vio haciendo guerra a su
Iglesia, pisoteando la Hostia santa, desplazando su Cruz, blasfemando contra su
divinidad, degollando a sus hijos y trabajando con toda su fuerza en precipitar
al infierno a aquellos mismos por quienes él iba a inmolar su vida”.